Carta a un chofer de Uber

Querido treintañero chofer de Uber:

Me halagas. Claro que sí. A toda mujer, incluso a la que pasa de 100 años, le agrada sentirse deseada.
Y entiendo que trataste de hacerme sentir bien cuando me repetiste que con mi edad me veo muy bien y que se me puede “dar tres vueltas”. Entiendo que en tu entorno ese debe ser el cénit del piropo, el “wao factor” de la galantería. 
Valoro tu requiebro, treintañero chofer de Uber cuya fantasía es ser derrotado en el sexo por una mujer al menos 20 años mayor. 
Me preguntaste y te contesté: por supuesto, una mujer de mi edad puede vencerte en la cama a tres caídas, sin límite de tiempo y sin empate. Dejarte sin fuerzas mientras ella está lista para otro combate; no porque sea la mamá de Batichica o de Superniña, sino porque la sexualidad femenina es así. 
Y ojalá te encuentres con una cincuentona multiorgásmica, para que sepas cuánto pela el gas y cristalicen tus sueños eróticos de varón mortal.
Como te expliqué sabiendo que pasarán 20 años antes de que lo entiendas —o quizá no lo comprendas nunca— hay mujeres de mi edad que no tienen que demostrar ni demostrarse nada, porque han vivido y han quemado etapas hasta verlas reducidas a cenizas. 
Han aprendido a separar la paja del trigo y a buscar y encontrar una pareja que no solo las satisfaga en la cama sino también en los días en que apenas alcanzan las ganas para un beso.
A esta edad, el sexo es importante, indudablemente. Pero pasa como con el dinero. Ambos son parte de una fórmula: no son la fórmula. 
En esta etapa de la vida, muchas mujeres alcanzan un raro equilibrio entre comunión con Dios, salud, dinero, sexo, pareja, familia y sociedad. Todo importa y todo tiene su peso específico.
Y, en materia afectivoerótica, la plenitud se alcanza a diario, no con un revolcón, sino con un tipo de sexo que es maravilloso porque está coronado por el amor; por un fluir ajeno a la pornografía, pero muy cercano al cielo; por la certeza de estar siempre para alguien y poder contar siempre con alguien que te amará no importa el peso, la talla, la salud o la enfermedad, el peinado o el desgreñe, el dinero o la falta de cuartos, la duda o la fe.
Y de eso, amigo chofer, se compone el amor que se cuida tanto después de los cincuenta años. De eso y de muchas otras cosas más que quizá comprendas algún día. O quizás no. 
Gracias, chofer de Uber, por darme un motivo más para agradecer a Dios la bendición de tener una pareja que no me quiere para darme “tres vueltas”, sino para recorrer completo el camino de la vida conmigo. Gracias del alma.

Luchy Placencia

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