La sufragista suertuda

Y ahí estaba mi cuerpecito ñoño: frente al árbol de noni y a las abejas que libaban de sus flores y revoloteaban entre sus frutos. Yo, en primera fila. Cuando noté que las hadas de la miel se acercaban en vuelo rasante a mi mascarilla-líbrame-Señor-del-mal-y-del-malo y a mis castañas pestañas, les pedí en voz baja que no me clavaran el aguijón, por favor. Por favor, que eso duele mucho y, para el dolor, no tengo vocación alguna. Me hicieron caso y siguieron aleteando y chupando el néctar de esas florecillas blancas que debía saberles a ambrosía. Digo, por decir algo, que nunca he probado la ambrosía… y creo que ellas tampoco. El sol ardía con mala fe en las pieles de quienes hacían fila detrás de mí, a la espera de ejercer su derecho al voto; pero el noni seguía dándome una sombra exclusiva, para mí solita. Por un ratico, fui la única testigo de la dinámica entre la mata y las abejas, a las que observaba embobada, tratando de adivinar números de Fibonacci en patrones frutales y cantidad de revoluciones por minuto en el batir de las alitas mieleras. Pero, para mí, las cosas siempre pueden ser mejores: a nuestro teatrillo en plena acera se sumó un colibrí enano, de esos que traen un corazoncito atómico de 1,200 latidos por minuto, y comenzó a picotear las frutas, a sorber el juguito dulce de los pistilos y a pasearse a un beso de distancia de mi cubrebocas-Dios-me-guarde-del-coronavirus y de mis ojitos extasiados. Pues sí, coquetéenme, vagabunditas de la miel y puto pajarito, cofrecito de perfecciones iridiscentes y echavainismos voladores; polinícenme de chulerías, rebócenme de piruetas y truquitos; les decía mi alma, absolutamente convencida de que, por decisión unánime de naturaleza y de la vida, la ganadora de ese día era yo. ¡Hijaeputa suertuda!

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